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Historia de uno que hizo un viaje para saber lo que era miedo



Un labrador tenía dos hijos, el mayor de los cuales era muy listo y entendido, y sabía muy bien a qué atenerse en todo, pero el menor era tonto y no entendía ni aprendía nada, y cuando le veían las gentes decían: “Trabajo tiene su padre con él.” Cuando había algo que hacer, tenía siempre que mandárselo al mayor, pero si su padre le mandaba algo siendo de noche, o le enviaba al oscurecer cerca del cementerio, o siendo ya oscuro al camino o cualquier otro lugar sombrío, le contestaba siempre: “¡Oh!, no, padre, yo no voy allí: ¡tengo miedo! Pues era muy miedoso.” Si por la noche referían algún cuento alrededor de la lumbre, en particular si era de espectros y fantasmas, decían todos los que le oían: “¡Qué miedo!” Pero el menor, que estaba en un rincón escuchándolos no podía comprender lo que querían decir: “Siempre dicen ¡miedo, miedo!, yo no sé lo que es miedo: ese debe ser algún oficio del que no entiendo una palabra.”

Mas un día le dijo su padre: “Oye tú, el que está en el rincón: ya eres hombre y tienes fuerzas bastantes para aprender algo con que ganarte la vida. Bien ves cuánto trabaja tu hermano, pero tú no haces más que perder el tiempo.” - “¡Ay padre!” le contestó, “yo aprendería algo de buena gana, y sobre todo quisiera aprender lo que es miedo, pues de lo contrario no quiero saber nada.” Su hermano mayor se echó a reír al oírle, y dijo para sí: ¡Dios mío, qué tonto es mi hermano! nunca llegará a ganarse el sustento. Su padre suspiró y le contestó: “Ya sabrás lo que es miedo: mas no por eso te ganarás la vida.”

Poco después fue el sacristán de visita, y le refirió el padre lo que pasaba, diciéndole cómo su hijo menor se daba tan mala maña para todo y que no sabía ni aprendía nada. “¿Podréis creer que cuando le he preguntado si quería aprender algo para ganarse su vida, me contestó que solo quería saber lo que es miedo?” - “Si no es más que eso,” le respondió el sacristán, “yo se lo enseñaré: enviádmele a mi casa, y no tardará en saberlo.” El padre se alegró mucho, pues pensó entre sí: Ahora quedará un poco menos orgulloso. El sacristán se le llevó a su casa para enviarle a tocar las campanas. A los dos días le despertó a media noche, le mandó levantarse, subir al campanario y tocar las campanas. Ahora sabrás lo que es miedo, dijo para sí. Salió tras él, y cuando el joven estaba en lo alto del campanario, e iba a coger la cuerda de la campana, se puso en medio de la escalera, frente a la puerta, envuelto en una sábana blanca. “¿Quién está ahí?” preguntó el joven. Pero la fantasma no contestó ni se movió. “Responde, o te hago volver por donde has venido, tú no tienes nada que hacer aquí a estas horas de la noche.” Pero el sacristán continuó inmóvil, para que el joven creyese que era un espectro. El joven le preguntó por segunda: “¿Quién eres? habla, si eres un hombre honrado, o si no te hago rodar por la escalera abajo.” El sacristán creyó que no haría lo que decía y estuvo sin respirar como si fuese de piedra. Entonces le preguntó el joven por tercera vez, y como estaba ya incomodado, dio un salto y echó a rodar al espectro por la escalera abajo de modo que rodó diez escalones y fue a parar a un rincón. En seguida tocó las campanas, y se fue a su casa, se acostó sin decir una palabra y se durmió. La mujer del sacristán esperó un largo rato a su marido; pero no volvía. Llena entonces de recelo, llamó al joven y le preguntó: “¿No sabes dónde se ha quedado mi marido? ha subido a la torre detrás de ti.” - “No,” contestó el joven, “pero allí había uno en la escalera frente a la puerta, y como no ha querido decirme palabra ni marcharse, he creído que iba a burlarse de mí y le he tirado por la escalera abajo. Id allí y veréis si es él, pues lo sentiría.” La mujer fue corriendo; y halló a su marido que estaba en un rincón y se quejaba porque tenía una pierna rota.

Se le llevó en seguida a su casa y fue corriendo a la del padre del joven. “Vuestro hijo,” exclamó, “me ha causado una desgracia muy grande, ha tirado a mi marido por las escaleras y le ha roto una pierna; ese es el pago que nos ha dado el bribón.” Su padre se asustó, fue corriendo y llamó al joven. “¿Qué mal pensamiento te ha dado para hacer esa picardía?” - “Padre,” le contestó, “escuchadme, pues estoy inocente. Era de noche y estaba allí como un alma del otro mundo. Ignoraba quién era, y le he mandado tres veces hablar o marcharse.” - “¡Ay!” replicó su padre, “solo me ocasionas disgustos: vete de mi presencia, no quiero volverte a ver más.” - “Bien, padre con mucho gusto, pero esperad a que sea de día, yo iré y sabré lo que es miedo, así aprenderé un oficio con que poderme mantener.” - “Aprende lo que quieras,” le dijo su padre, “todo me es indiferente. Ahí tienes cinco duros para que no te falte por ahora que comer, márchate y no digas a nadie de dónde eres, ni quién es tu padre, para que no tenga que avergonzarme de ti.” - “Bien, padre, haré lo que queréis, no tengáis cuidado por mí.”

Como era ya de día se quedó el joven con sus cinco duros en el bolsillo, y echó a andar por el camino real, diciendo constantemente: “¿Quién me enseña lo que es miedo? ¿Quién me enseña lo que es miedo?” Entonces encontró un hombre que oyó las palabras que decía el joven para sí, y cuando se hubieron alejado un poco hacia un sitio que se veía una horca, le dijo: “Mira, allí hay siete pobres a los que por sus muchos pecados han echado de la tierra y no quieren recibir en el cielo; por eso ves que están aprendiendo a volar; ponte debajo de ellos, espera a que sea de noche, y sabrás lo que es miedo.” - “Si no es más que eso,” dijo el joven, “lo haré con facilidad; pero no dejes de enseñarme lo que es miedo y te daré mis cinco duros; vuelve a verme por la mañana temprano.” Entonces fue el joven a donde estaba la horca, se puso debajo y esperó a que fuera de noche, y como tenía frío encendió lumbre; pero a media noche era el aire tan frío que no le servía de nada la lumbre; y como al aire hacía moverse a los cadáveres y chocar entre sí, creyó que teniendo frío él que estaba al lado del fuego, mucho más debían tener los que estaban más lejos, por lo que procuraban reunirse para calentarse, y como era muy compasivo, cogió la escalera, subió y los descolgó uno tras otro hasta que bajó a todos siete. En seguida puso más leña en el fuego, sopló y los colocó alrededor para que se pudiesen calentar. Pero como no se movían y la lumbre no hacía ningún efecto en sus cuerpos, les dijo: “Mirad lo que hacéis, porque si no vuelvo a colgaros.” Pero los muertos no le oían, callaban y continuaban sin hacer movimiento alguno. Incomodado, les dijo entonces: “Ya que no queréis hacerme caso, después que me he propuesto ayudaros, no quiero que os calentéis más.” Y los volvió a colgar uno tras otro. Entonces se echó al lado del fuego y se durmió, y a la mañana siguiente cuando vino el hombre, quería que le diese los cinco duros; pues le dijo: “¿Ahora ya sabrás lo que es miedo?” - “No,” respondió, “¿por qué lo he de saber? Los que están ahí arriba tienen la boca bien cerrada, y son tan tontos, que no quieren ni aun calentarse.” Entonces vio el hombre que no estaba el dinero para él y se marchó diciendo: “Con este no me ha ido muy bien.”

El joven continuó su camino y comenzó otra vez a decir: “¿Quién me enseñará lo que es miedo? ¿quién me enseñará lo que es miedo?” Oyéndolo un carretero que iba tras él, le preguntó: “¿Quién eres?” - “No lo sé,” le contestó el joven. “¿De dónde eres?” continuó preguntándole el carretero. “No lo sé.” - “¿Quién es tu padre?” - “No puedo decirlo.” - “¿En qué vas pensando?” - “¡Ah!” respondió el joven, “quisiera encontrar quien me enseñase lo que es miedo, pero nadie quiere enseñármelo.” - “No digas tonterías,” replicó el carretero, “ven conmigo, ven conmigo, y veré si puedo conseguirlo.” El joven continuó caminando con el carretero y por la noche llegaron a una posada, donde determinaron quedarse. Pero apenas llegó a la puerta, comenzó a decir en alta voz: “¿Quién me enseña lo que es miedo? ¿quién me enseña lo que es miedo?” El posadero al oírle se echó a reír diciendo: “Si quieres saberlo; aquí te se presentará una buena ocasión.” - “Calla,” le dijo la posadera, “muchos temerarios han perdido ya la vida, y sería lástima que esos hermosos ojos no volvieran a ver la luz más.” Pero el joven la contestó: “Aunque me sucediera otra cosa peor, quisiera saberlo, pues ese es el motivo de mi viaje.” No dejó descansar a nadie en la posada hasta que le dijeron que no lejos de allí había un castillo arruinado, donde podría saber lo que era miedo con solo pasar en él tres noches. El rey había ofrecido por mujer a su hija, que era la doncella más hermosa que había visto el sol, al que quisiese hacer la prueba. En el castillo había grandes tesoros, ocultos que estaban guardados por los malos espíritus, los cuales se descubrían entonces, y eran suficientes para hacer rico a un pobre. A la mañana siguiente se presentó el joven al rey, diciéndole que si se lo permitía pasaría tres noches en el castillo arruinado. El rey le miró y como le agradase, le dijo: “Puedes llevar contigo tres cosas, con tal que no tengan vida, para quedarte en el castillo.” El joven le contestó: “Pues bien, concededme llevar leña para hacer lumbre, un torno y un tajo con su cuchilla.”

El rey le dio todo lo que había pedido. En cuanto fue de noche entró el joven en el castillo, encendió en una sala un hermoso fuego, puso al lado el tajo con el cuchillo, y se sentó en el torno. “¡Ah! ¡si me enseñaran lo que es miedo!” dijo, “pero aquí tampoco lo aprenderé.” Hacia media noche se puso a atizar el fuego y cuando estaba soplando oyó de repente decir en un rincón: “¡Miau!, ¡miau! ¡frío tenemos!” - “Locos,” exclamó, “¿por qué gritáis? si tenéis frío, venid, sentaos a la lumbre, y calentaos.” Y apenas hubo dicho esto, vio dos hermosos gatos negros, que se pusieron a su lado y le miraban con sus ojos de fuego; al poco rato, en cuanto se hubieron calentado, dijeron: “Camarada, ¿quieres jugar con nosotros a las cartas?” - “¿Por qué no?” les contestó, “pero enseñadme primero las patas.” - “Entonces extendieron sus manos.” - “¡Ah!” les dijo, “¡qué uñas tan largas tenéis!, aguardad a que os las corte primero.” Entonces los cogió por los pies, los puso en el tajo y los aseguró bien por las patas. “Ya os he visto las uñas,” les dijo, “ahora no tengo ganas de jugar.” Los mató y los tiró al agua. Pero a poco de haberlos tirado, iba a sentarse a la lumbre, cuando salieron de todos los rincones y rendijas una multitud de gatos y perros negros con cadenas de fuego; eran tantos en número que no se podían contar; gritaban horriblemente, rodeaban la lumbre, tiraban de él y le querían arañar. Los miró un rato con la mayor tranquilidad, y así que se incomodó cogió su cuchillo, exclamando: “Marchaos, canalla.” Y se dirigió hacia ellos. Una parte escapó y a la otra la mató y la echó al estanque. En cuanto concluyó su tarea se puso a soplar la lumbre y volvió a calentarse. Y apenas estuvo sentado, comenzaron a cerrársele los ojos y tuvo ganas de dormir. Miró a su alrededor, y vio en un rincón una hermosa cama. “Me viene muy bien,” dijo. Y se echó en ella. Pero cuando iban a cerrársele los ojos, comenzó a andar la cama por sí misma y a dar vueltas alrededor del cuarto. “Tanto mejor,” dijo, “tanto mejor.” Y la cama continuó corriendo por los suelos y escaleras como si tiraran de ella seis caballos. Mas de repente cayó, quedándose él debajo y sintiendo un peso como si tuviera una montaña encima.

Pero levantó las colchas y almohadas y se puso en pie diciendo: “No tengo ganas de andar.” Se sentó junto al fuego y se durmió hasta el otro día. El rey vino a la mañana siguiente, y como le vio caído en el suelo creyó que los espectros habían dado fin con él y que estaba muerto. Entonces dijo: “¡Qué lastima de hombre! ¡tan buen mozo!” El joven al oírle, se levantó y le contestó: “Aún no hay por qué tenerme lástima.” El rey, admirado, le preguntó cómo le había ido. “Muy bien,” le respondió, “ya ha pasado una noche, las otras dos vendrán y pasarán también.” Cuando volvió a la casa le miró asombrado el posadero: “Temía,” dijo, “no volverte a ver vivo; ¿sabes ya lo que es miedo?” - “No,” contestó, “todo es inútil, si no hay alguien que quiera enseñármelo.”

A la segunda noche fue de nuevo al castillo, se sentó a la lumbre, y comenzó su vieja canción: “¿Quién me enseña lo que es miedo?” A la media noche comenzaron a oírse ruidos y golpes, primero débiles, después más fuertes, y por último cayó por la chimenea con mucho ruido la mitad de un hombre, quedándose delante de él. “Hola,” exclamó, “todavía falta el otro medio, esto es muy poco.” Entonces comenzó el ruido de nuevo: parecía que tronaba, y se venía el castillo abajo y cayó la otra mitad. “Espera,” le dijo, “encenderé un poco el fuego.” Apenas hubo concluido y miró a su alrededor, vio que se habían unido las dos partes, y que un hombre muy horrible se había sentado en su puesto. “Nosotros no hemos apostado,” dijo el joven, “el banco es mío.” El hombre no le quiso dejar sentar, pero el joven le levantó con todas sus fuerzas y se puso de nuevo en su lugar. Entonces cayeron otros hombres uno después de otro, que cogieron nueve huesos y dos calaveras y se pusieron a jugar a los bolos. El joven, alegrándose, les dijo: “¿Puedo ser de la partida?” - “Sí, si tienes dinero.” - “Y bastante,” les contestó, “pero vuestras bolas no son bien redondas.” Entonces cogió una calavera, la puso en el torno y la redondeó. “Así están mejor,” les dijo, “ahora vamos.” Jugó con ellos y perdió algún dinero; mas en cuanto dieron las doce todo desapareció de sus ojos. Se echó y durmió con la mayor tranquilidad. A la mañana siguiente fue el rey a informarse. “¿Cómo lo has pasado?” le preguntó. “He jugado y perdido un par de pesetas,” le contestó. “¿No has tenido miedo?” - “Por el contrario, me he divertido mucho. ¡Ojalá supiera lo que es miedo!”

A la tercera noche se sentó de nuevo en su banco y dijo incomodado: “¿Cuándo sabré lo que es miedo?” En cuanto comenzó a hacerse tarde se le presentaron seis hombres muy altos que traían una caja de muerto. “¡Ay!” les dijo, “este es de seguro mi primo, que ha muerto hace un par de días.” Hizo señal con la mano y dijo: “Ven, primito, ven.” Pusieron el ataúd en el suelo, se acercó a él y levantó la tapa; había un cadáver dentro. Le tentó la cara, pero estaba fría como el hielo. “Espera,” dijo, “te calentaré un poco.” Fue al fuego, calentó su mano, y se la puso en el rostro, pero el muerto permaneció frío. Entonces le cogió en brazos, le llevó a la lumbre y le puso encima de sí y le frotó los brazos para que la sangre se le pusiese de nuevo en movimiento. Como no conseguía nada, se le ocurrió de pronto: “Si me meto con él en la cama, se calentará.” Se llevó al muerto a la cama, le tapó y se echó a un lado. Al poco tiempo estaba el muerto caliente y comenzó a moverse. Entonces, dijo el joven: “Mira, hermanito, ya te he calentado.” Pero el muerto se levantó diciendo: “Ahora quiero estrangularte.” - “¡Hola!” le contestó, “¿son esas las gracias que me das? ¡Pronto volverás a tu caja!” Le cogió, le metió dentro de ella y cerró; entonces volvieron los seis hombres y se le llevaron de allí. “No me asustarán, dijo; aquí no aprendo yo a ganarme la vida.”

Entonces entró un hombre que era más alto que los otros y tenía un aspecto horrible, pero era viejo y tenía una larga barba blanca. “¡Ah, malvado, pronto sabrás lo que es miedo, pues vas a morir!” - “No tan pronto,” contestó el joven. “Yo te quiero matar,” dijo el hechicero. “Poco a poco, eso no se hace tan fácilmente, yo soy tan fuerte como tú y mucho más todavía.” - “Eso lo veremos,” dijo el anciano, “ven, probaremos.” Entonces le condujo a un corredor muy oscuro, junto a una fragua, cogió un hacha y dio en un yunque, que metió de un golpe en la tierra. “Eso lo hago yo mucho mejor,” dijo el joven. Y se dirigió a otro yunque; el anciano se puso a su lado para verle, y su barba tocaba en la bigornia. Entonces cogió el joven el hacha, abrió el yunque de un golpe y clavó dentro la barba del anciano. “Ya eres mío,” le dijo, “ahora morirás tú.” Entonces cogió una barra de hierro y comenzó a pegar con ella al anciano hasta que comenzó a quejarse y le ofreció, si le dejaba libre, darle grandes riquezas. El joven soltó el hacha y le dejó en libertad. El anciano le condujo de nuevo al castillo y le enseñó tres cofres llenos de oro, que había en una cueva. “Una parte es de los pobre, la otra del rey y la tercera tuya.” Entonces dieron las doce y desapareció el espíritu, quedando el joven en la oscuridad. “Yo me las arreglaré,” dijo. Empezó a andar a tientas, encontró el camino del cuarto y durmió allí junto a la lumbre. A la mañana siguiente volvió el rey y le dijo: “Ahora ya sabrás lo que es miedo.” - “No,” le contestó, “no lo sé; aquí ha estado mi primo muerto y un hombre barbudo que me ha enseñado mucho dinero, pero no ha podido enseñarme lo que es miedo.” Entonces le dijo el rey: “Tú has desencantado el castillo y te casarás con mi hija.” - “Todo eso está bien,” le contestó, “pero sin embargo, aún no sé lo que es miedo.”

Entonces sacaron todo el oro de allí y celebraron las bodas, pero el joven rey, aunque amaba mucho a su esposa y estaba muy contento, no dejaba de decir: “¿Quién me enseñará lo que es miedo? ¿quién me enseñará?” Esto disgustó al fin a su esposa y dijo a sus doncellas: “Voy a procurar enseñarle lo que es miedo.” Fue al arroyo que corría por el jardín y mandó traer un cubo entero lleno de peces. Por la noche cuando dormía el joven rey, levantó su esposa la ropa y puso el cubo lleno de agua encima de él, de manera que los peces al saltar, dejaban caer algunas gotas de agua. Entonces despertó diciendo: “¡Ah! ¿quién me asusta? ¿quién me asusta, querida esposa? Ahora sé ya lo que es miedo.”

Hermanos Grimm









Jacob Grimm (Hanau, actual Alemania, 1785-Berlín, 1863) y Wilhelm Grimm (Hanau, 1786-Berlín, 1859). Cuentistas y filólogos alemanes. Conocidos sobre todo por sus colecciones de canciones y cuentos populares, así como por los trabajos de Jacob en la historia de la lingüística y de la filología alemanas, eran los dos hermanos mayores de un total de seis, hijos de un abogado y pastor de la Iglesia Calvinista.

Siguiendo los pasos de su padre, estudiaron derecho en la Universidad de Marburgo (1802-1806), donde iniciaron una intensa relación con C. Brentano, quien les introdujo en la poesía popular, y con F. K. von Savigny, el cual los inició en un método de investigación de textos que supuso la base de sus trabajos posteriores. Se adhirieron además a las ideas sobre poesía popular del filósofo J.G. Herder.

Entre 1812 y 1822, los hermanos Grimm publicaron los Cuentos infantiles y del hogar, una colección de cuentos recogidos de diferentes tradiciones, a menudo conocida como Los cuentos de hadas de los hermanos Grimm. El gran mérito de Wilhelm Grimmfue el de mantener en esta publicación el carácter original de los relatos. Siguió luego otra colección de leyendas históricas germanas, Leyendas alemanas(1816-1818). Jacob Grimm, por su parte, volvió al estudio de la filología con un trabajo sobre gramática,La gramática alemana (1819-1837), que ha ejercido gran influencia en los estudios contemporáneos de lingüística.

En 1829 se trasladaron a la Universidad de Gotinga, y de ésta, invitados en 1840 por el rey Federico Guillermo IV de Prusia, a la de Berlín, en calidad de miembros de la Real Academia de las Ciencias. Allí comenzaron su más ambiciosa empresa, el Diccionario alemán, un complejo trabajo (del que editaron solamente el primer volumen) que ha requerido muchas colaboraciones y no se concluyó hasta comienzos de la década de 1860.

Los cuentos de los hermanos Grimm


Los Cuentos infantiles y del hogar fueron publicados entre 1812 y 1822, en tres volúmenes. La colección de cantos populares El cuerno maravilloso del niño, de Armin y Brentano, dieron a los hermanos Grimm la idea de preparar una colección de cuentos populares. Según propósito de los Grimm, esta obra había de ser sobre todo un monumento erigido a la literatura popular, un documento que recogiese de boca del pueblo lo poco que se había salvado de la gran producción medieval germánica y que constituía la tradición nacional que suponían perdida.

Sus fuentes principales fueron, además de los recuerdos de su propia infancia y de la de sus amigos, la gente sencilla del pueblo que ellos iban interrogando y, sobre todo, Cassel, la hija del farmacéutico Wild, que repetía las historias oídas en su infancia de boca de la "vieja María".

Al transcribir estos cuentos procuraron conservar fielmente no sólo su trama sino también el tono y las expresiones de que aquellas personas se servían, efectuando así en esta esfera una obra casi sin precedentes, porque literatos como Musäus y otros hasta entonces se habían servido de los cuentos populares como estructura para engarzar en ellos divagaciones morales o alusiones poéticas y literarias.

Sólo en una segunda época se aprovecharon también de fuentes literarias como Lutero, Hans Sachs, Moscherosch o Jung-Stilling, pero esforzándose por hallar bajo las variaciones y los embellecimientos literarios la primitiva ingenuidad de trama y de estilo (proverbios, repeticiones), guiados sobre todo por su instinto poético.

Se ha dicho que estos cuentos se han vuelto verdaderamente populares por medio del libro de los hermano Grimm. Lo cierto es que ellos supieron darles tanta frescura que pocos libros hacen revivir de inmediato la misteriosa y profunda intimidad de la naturaleza germánica, permitiendo sentirla con el espíritu con que a ella acude el pueblo alemán.

Las fábulas contienen casi siempre una verdad objetiva, una lección práctica, siempre aventajada, sin embargo, por la inspiración genuina de la poesía popular. Forman parte de esta colección de más de doscientos cuentos, entre los que figuran narraciones tan famosas como Blancanieves,  Pulgarcito, Raperunzel, Las tres plumas, Las tres hilanderas, La novia clara y la oscura, Hansel y Gretel, El rey rana, El lobo y la siete cabritas, El diablo con los tres pelos, El agua de la vida, Juan con suerteCaperucita Roja, Los músicos de Bremen.

Aunque según la idea de sus compiladores esta obra no estaba destinada a ser un libro infantil, Goethe, apenas la hubo leído, escribió a Stein que estaba escrita "para hacer felices a los niños", y puede considerarse como un gran acontecimiento literario de principios del siglo XIX alemán, porque desde entonces se convirtió en el libro de la juventud alemana, con el cual generaciones y generaciones formaron su alma.

La obra dio lugar a una polémica de cierta importancia con Brentano y con Arnim. Los dos poetas, que habían precedido de modo muy diverso que los Grimm en su colección de cantos populares, refundiéndolos formalmente, hallaron desaliñada y pobre la redacción de estos cuentos. Ello se debió a que, mientras Arnim y Brentano no distinguían entre poesía popular y poesía artística y reconocían para una y otra los mismos derechos, los Grimm creían que la segunda no podía sino esforzarse (aunque siempre inútilmente) por parecerse a la primera, la cual, representada por las grandes epopeyas o por los cuentecitos, era infinitamente superior y estaba dotada de una fuerza poética metafísica anterior a la misma humanidad.

Ricitos de Oro y los tres osos



En medio de un bonito y florido bosque, había una preciosa casita en la que vivían 3 ositos: el papá oso, la mamá osa, y el pequeño osito. Un día, tras hacer todas las camas, limpiar la casa, y hacer la sopa para la cena, los tres ositos fueron a pasear por el bosque.

Mientras los ositos estaban caminando por el bosque, apareció una niña llamada Ricitos de Oro que, al ver tan linda casita, se acercó y se asomó a la ventana. Todo parecía muy ordenado y coqueto dentro de la casa. Olvidándose de la buena educación que su madre le había dado, la niña decidió entrar en la casa de los tres ositos. Al ver la casita tan bien recogida y limpia, Ricitos de Oro curioseó todo lo que pudo. Pero al cabo de un rato sintió hambre gracias al olor muy sabroso que venía de la sopa puesta en la mesa. Se acercó a la mesa y vio que había 3 tazones. Un pequeño, otro más grande, y otro más y más grande todavía. Y otra vez, sin hacer caso a la educación que le habían dado sus padres, la niña se lanzó a probar la sopa. Comenzó por el tazón más grande, pero al probarlo, la sopa estaba demasiado caliente. Entonces pasó al mediano y le pareció que la sopa estaba demasiado fría. Pasó a probar el tazón más pequeño y la sopa estaba como a ella le gustaba. Y la tomó toda, todita.

Cuando acabó la sopa, Ricitos de Oro se subió a la silla más grande pero estaba demasiado dura para ella. Pasó a la silla mediana y le pareció demasiado blanda. Y se decidió por sentarse en la silla más pequeña que le resultó comodísima. Pero la sillita no estaba acostumbrada a llevar tanto peso y poco a poco el asiento fue cediendo y se rompió. Ricitos de Oro decidió entonces subir a la habitación y probar las camas. Probó la cama grande pero era muy alta. La cama mediana estaba muy baja y por fin probó la cama pequeña que era tan mullidita y cómoda que se quedó totalmente dormida.

Mientras Ricitos de Oro dormía profundamente, llegaron los 3 ositos a la casa y nada más entrar el oso grande vio cómo su cuchara estaba dentro del tazón y dijo con su gran voz:

- ¡Alguien ha probado mi sopa!

Y mamá oso también vio su cuchara dentro del tazón y dijo:

- ¡Alguien ha probado también mi sopa!

Y el osito pequeño dijo con voz apesadumbrada:

- ¡Alguien se ha tomado mi sopa y se la ha comido toda entera!

Después pasaron al salón y dijo papá oso:

- ¡Alguien se ha sentado en mi silla!

Y mamá oso dijo:

- ¡Alguien se ha sentado también en mi silla!

Y el pequeño osito dijo con su voz aflautada:

- ¡Alguien se ha sentado en mi sillita y además me la ha roto!

Al ver que allí no había nadie, subieron a la habitación para ver si el ladrón de su comida se encontraba todavía en el interior de la casa. Al entrar en la habitación, papá oso dijo:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Y mamá oso exclamó:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama también!

Y el osito pequeño dijo:

- ¡Alguien se ha acostado en mí camita…y todavía sigue durmiendo!

Ricitos de Oro, mientras dormía creía que la voz fuerte que había escuchado y que era papá oso, había sido un trueno, y que la voz de mamá oso había sido una voz que la hablaba en sueños pero la voz aflautada del osito la despertó. De un salto se sentó en la cama mientras los osos la observaban, y saltó hacia el otro lado saliendo por la ventana corriendo sin parar un solo instante, tanto, tanto que no daban con los pies en el suelo.

Desde ese momento, Ricitos de Oro nunca volvió a entrar en casa de nadie ajeno sin pedir permiso primero.

Juan con suerte


Juan había servido siete años a su amo, y le dijo:
- Mi amo, he terminado mi tiempo, y quisiera volverme a casa, con mi madre. Pagadme mi soldada.
Respondióle el amo:
- Me has servido fiel y honradamente; el premio estará a la altura del servicio - y le dio un pedazo de oro tan grande como la cabeza de Juan. Sacó éste su pañuelo del bolsillo, envolvió en él el oro y, cargándoselo al hombro, emprendió el camino de su casa. Mientras andaba, vio a un hombre montado a caballo, que avanzaba alegremente a un trote ligero.
- ¡Ay! - exclamó Juan en alta voz -, ¡qué cosa más hermosa es ir a caballo! Va uno como sentado en una silla, no tropieza contra las piedras ni se estropea las botas, y adelanta sin darse cuenta.
Oyólo el jinete y, deteniendo el caballo, le dijo:
- Oye, Juan, ¿por qué vas a pie?
- ¡Qué remedio me queda! - respondió el mozo -. He de llevar este terrón a casa; cierto que es de oro, pero no me deja ir con la cabeza derecha, y me pesa en el hombro.
- ¿Sabes qué? - díjole el caballero -. Vamos a cambiar; yo te doy el caballo, y tú me das tu terrón.
- ¡De mil amores! - exclamó Juan -. Pero tendréis que llevarlo a cuestas, os lo advierto.
Apeóse el jinete, cogió el oro y, ayudando a Juan a montar, púsole las riendas en la mano y le dijo:
- Si quieres que corra, no tienes sino chasquear la lengua y gritar «¡hop, hop!».
Juan no cabía en sí de contento al verse encaramado en su caballo, trotando tan libre y holgadamente. Al cabo de un ratito ocurriósele que podía acelerar la marcha, y se puso a chasquear la lengua y gritar «¡hop, hop!». El caballo empezó a trotar, y antes de que Juan pudiera darse cuenta, había sido despedido de la montura y se encontraba tendido en la zanja que separaba los campos de la carretera. El caballo se habría escapado, de no haberlo detenido un campesino que acertaba a pasar por allí conduciendo una vaca. Juan se incorporó como pudo, se sacudió y, muy mohíno, dijo al labrador:
- Esto del montar tiene bromas muy pesadas, sobre todo con un jamelgo como éste, que te echa por la borda con peligro de romperte la crisma. Por nada del mundo volveré a montarlo. Vuestra vaca sí que es buen animal; uno puede caminar tranquilamente detrás de ella, y, además, te da leche, mantequilla y queso cada día. ¡Qué no daría yo por tener una vaca así!
- Pues bien - respondió el campesino -, si tanto te gusta, estoy dispuesto a cambiártela por el caballo.
Juan aceptó encantado el trato, y el labriego, subiendo a su montura, se alejó a toda prisa.
Entretanto, Juan, guiando su vaca, ponderaba el buen negocio que acababa de realizar: «Si tengo un pedazo de pan, y mucho será que llegue a faltarme, podré siempre acompañarlo de mantequilla y queso; y cuando tenga sed, ordeñaré la vaca y beberé leche. ¿Qué más puedes apetecer, corazón mío?». Hizo alto en la primera hospedería que encontró, y se comió alegremente las provisiones que le quedaban, rociándolas con medio vaso de cerveza, que pagó con los pocos cuartos que llevaba en el bolsillo. Luego prosiguió su ruta, conduciendo la vaca, hacia el pueblo de su madre. Se acercaba el mediodía; el calor hacíase sofocante, y Juan se encontró en un erial que no se podía pasar en menos de una hora. Tan intenso era el bochorno, que de sed se le pegaba la lengua al paladar. «Esto tiene remedio - pensó Juan -; ordeñaré la vaca, y la leche me refrescará».
Atóla al tronco seco de un árbol, y, como no tenía ningún cubo, puso su gorra de cuero para recoger la leche; pero por más que se esforzó no pudo hacer salir ni una gota. Y como lo hacía con tanta torpeza, el animal, impacientándose al fin, pególe en la cabeza una patada tal que lo tiró rodando por el suelo y lo dejó un rato sin sentido. Por fortuna acertó a pasar por allí un carnicero, que transportaba un cerdo joven en un carretón.
- ¡Vaya bromitas! - exclamó, ayudando a Juan a levantarse.
Explicóle éste su percance, y el otro, alargándole su bota, le dijo:
- Bebe un trago para reponerte. Esta vaca seguramente no dará leche, pues es vieja; a lo sumo, servirá para tirar de una carreta o para ir al matadero.
- ¡Ésa sí que es buena! - exclamó Juan, tirándose de los pelos -. ¿Quién iba a pensarlo? Para uno que estuviera en su casa, no vendría mal matar un animal así, con la cantidad de carne que tiene. Pero a mí no me dice gran cosa la carne de vaca; la encuentro insípida. Un buen cerdo como el vuestro es otra cosa. ¡Esto sí que sabe bien, y, además, las salchichas!
- Oye, Juan - dijo el carnicero -; estoy dispuesto, para hacerte un favor, a cambiarte el cerdo por la vaca.
- Dios os premie vuestra bondad - respondió Juan, y, entregándole la vaca, el otro descargó del carretón el cochino, y le puso en la mano la cuerda que lo ataba.
Siguió Juan andando, contentísimo por lo bien que se iban colmando sus deseos; apenas le salía torcida una cosa, en un santiamén le quedaba enderezada. Más adelante se le juntó un muchacho que llevaba bajo el brazo una hermosa oca blanca.
Después de darse los buenos días, Juan se puso a contar al otro la suerte que había tenido y lo afortunado que había estado en sus cambios sucesivos. El chico le dio cuenta, a su vez, de que llevaba la oca para una comida de bautizo.
- Sopésala - prosiguió, sosteniéndola por las alas -; mira lo hermosa que está; la estuvimos cebando durante ocho semanas. Al que coma de este asado le chorreará la grasa por ambos lados de la boca.
- Sí - dijo Juan, sopesando el animal con una mano -, tiene su peso; pero tampoco mi cerdo es grano de anís.
Entretanto, el muchacho, que no cesaba de mirar a todas partes, con aire preocupado, dijo:
- Óyeme, mucho me temo que con tu cerdo las cosas no estén como Dios manda. En el último pueblo por el que he pasado acababan de robar un cerdo del establo del alcalde; y no me extrañaría que fuese el que tú llevas. Han despachado gente en su busca, y mal negocio harías si te atrapasen con él; por contento podrías darte si te saliese una temporada a la sombra.
El buenazo de Juan sintió miedo:
- ¡Dios mío! - exclamó, y, dirigiéndose al muchacho, le dijo -: Sácame de este apuro; tú sabes más que yo de todo esto. Quédate con el cerdo, y dame, en cambio, la oca.
- Mucho es el riesgo que corro - respondió el mozo, pero no puedo permitir que te ocurra una desgracia por mi culpa.
Y, asiendo de la cuerda, alejóse rápidamente con el cerdo, por un estrecho camino, mientras Juan, libre ya de angustia, seguía hacia su pueblo con la oca debajo del brazo. «Si bien lo pienso - iba diciéndose -, salgo ganando en el cambio. En primer lugar, el rico asado; luego, con la cantidad de grasa que saldrá, tendremos manteca para tres meses; y, finalmente, con esta hermosa pluma blanca me haré rellenar una almohada, en la que dormiré como un príncipe. ¡No se pondrá poco contenta mi madre!».
Al pasar por el último pueblo topóse con un afilador que iba con su torno y, haciendo rechinar la rueda, cantaba:
«Afilo tijeras con gran ligereza;
donde sopla el viento, allá voy sin pereza».
Quedóse Juan parado contemplándolo; al cabo, se le acercó y le dijo:
- Os deben de ir muy bien las cosas, pues estáis muy contento mientras le dais a la rueda.
- Sí - respondióle el afilador -, este oficio tiene un fondo de oro. Un buen afilador, siempre que se mete la mano en el bolsillo la saca con dinero. Pero, ¿dónde has comprado esa hermosa oca?
- No la compré, sino que la cambié por un cerdo.
- ¿Y el cerdo?
- Di una vaca por él.
- ¿Y la vaca?
- Me la dieron a cambio de un caballo.
- ¿Y el caballo?
- ¡Oh!, el caballo lo compré por un trozo de oro tan grande como mi cabeza.
- ¿Y el oro?
- Pues era mi salario de siete años.
- Pues ya te digo yo que has sabido salir ganando con cada cambio - dijo el afilador -. Ya sólo te falta hallar la manera de que cada día, al levantarte, oigas sonar el dinero en el bolsillo, y tu fortuna será completa.
- ¿Y cómo se logra eso? - preguntó Juan.
- Pues haciéndote afilador, como yo; para lo cual, en realidad, no se necesita más que tener un mollejón; lo otro viene por sí mismo. Yo tengo uno que, a la verdad, está algo averiado, pero, vaya, me avendría a cedértelo a cambio de la oca. ¿Qué dices a esto?
- ¿Y me lo preguntáis? - respondió Juan -. Haríais de mí el hombre más feliz de la tierra. Teniendo dinero cada vez que meta la mano en el bolsillo, ¿de qué habré de preocuparme ya? - y, tendiéndole la oca, se quedó con el mollejón. El afilador, cogiendo del suelo un guijarro muy pesado, le dijo:
- Además, te doy esta buena piedra; podrás golpear sobre ella para enderezar los clavos viejos y torcidos. Llévatela y guárdala cuidadosamente.
Cargó Juan con la piedra, y reemprendió su camino con el corazón rebosante de alegría: «¡bien se ve que he nacido con buena estrella! - exclamó -, pues veo colmados todos mis deseos, como si tuviese el don de la adivinación». Entretanto, empezó a sentirse fatigado, pues venía andando desde la madrugada; además, lo acuciaba el hambre, ya que en su momento de optimismo, cuando el negocio de la vaca, había liquidado todas sus provisiones. Finalmente, ya no pudo avanzar sino con enorme esfuerzo, deteniéndose a cada momento; sin contar que las piedras le pesaban lo suyo. No podía alejar de sí el pensamiento de lo agradable que habría sido para él no tener que llevarlas.
Avanzando como un caracol, arrastróse hasta una fuente, con la idea de descansar junto a ella y beber un buen trago de agua fresca. Para no estropear las piedras al sentarse, las puso cuidadosamente sobre el borde; luego, al agacharse para beber, hizo un falso movimiento y, ¡plum!, las dos piedras se cayeron al fondo. Juan, al ver que se hundían en el agua, pegó un brinco de alegría y, arrodillándose, dio gracias a Dios, con lágrimas en los ojos, por haberle concedido aquella última gracia, y haberlo librado de un modo tan sencillo, sin remordimiento para él, de las dos pesadísimas piedras que tanto le estorbaban.
- ¡En el mundo entero no hay un hombre más afortunado que yo! - exclamó entusiasmado. Y con el corazón ligero, y libre de toda carga, reemprendió la ruta, no parando ya hasta llegar a casa de su madre.

El Diablo con los Tres Pelos de Oro


Había una vez una pobre mujer que dio a luz a un pequeño niño, y como el niño nació con una membrana sobre su cabeza, le predijeron que a sus veinte años él tendría a la hija del rey por esposa. Sucedió que poco después el rey bajó a la villa, y nadie sabía que era el rey, y cuando preguntó a la gente que noticias nuevas había, contestaban:

-"Acaba de nacer un niño con una membrana en su cabeza, y quien quiera que nazca con eso tendrá muy buena suerte. Y le han profetizado, también, que cuando cumpla sus veinte años, obtendrá a la hija del rey por esposa."-

El rey, quien tenía un duro corazón, se enojó con lo de la profecía, fue donde los padres de la creatura, y aparentando gran amistad dijo:

-"Ustedes, pobre gente, permítanme tener a su niño y yo cuidaré de él."-

Al principio ellos rechazaron la oferta, pero cuando el extraño les ofreció una gran cantidad de oro, pensaron:

-"Es un niño con suerte, y cualquier suceso siempre se tornará a su favor."-

Y al fin consintieron y le dieron al niño.

El rey lo puso en una cesta y viajó con él hasta llegar a un profundo río. Entonces tiró el cesto al agua y pensó:

-"He librado a mi hija de su inesperado pretendiente."-

Sin embargo el cesto no se hundió, y flotó como un bote, y ni una gota de agua entró en él. Y navegó como dos leguas más abajo hasta llegar a un molino donde entró en una de las tomas de agua del molino. Un joven que trabajaba en el molino, que por casualidad estaba por ahí en ese momento, lo vio, y con un gancho lo jaló y lo sacó del agua, pensando que contenía un gran tesoro, pero cuando lo abrió encontró al precioso niño adentro vivito y contento. Se lo llevó entonces al molinero y su esposa, y como ellos no tenían niños se complacieron y dijeron:

-"Dios nos lo ha enviado -"

Y ellos cuidaron adecuadamente al niño, quien creció lleno de cariño.

Sucedió que años mas tarde, en una gira del rey, éste llegó al molino, y le preguntó al molinero y su esposa si ese alto joven era su hijo.

-"No"- contestaron, -"Él fue encontrado. Hace veinte años él flotaba sobre las aguas del río en un cesto y llegó al molino. Mi ayudante lo jaló y sacó del agua.

Entonces el rey supo que ese no era ni más ni menos que el niño con suerte que él había tirado al agua, y dijo:

-"Mi buena gente, ¿no podría ese muchacho llevarle una carta a la reina, y yo le pagaré con dos piezas de oro?"-

-"Cómo mande el rey."- contestaron ellos, y le dijeron al joven que se alistara.

El rey escribió una carta a la reina, en la que decía:

-"Tan pronto como este muchacho llegue con la carta, mátenlo y entiérrenlo. Todo debe estar cumplido antes de que yo regrese."-

El muchacho partió con la carta, pero perdió el camino, y al anochecer llegó a un gran bosque. En la oscuridad él vio una pequeña luz, y avanzó hacia ella hasta llegar a un rancho. Él entró, y vio a una vieja mujer que estaba sentada sola junto al fogón. Cuando ella vio al joven, dijo:

-"¿De dónde vienes, y hacia dónde te diriges?"-

-"Vengo del molino"- contestó, -"y deseo llegar donde la reina, para quien le llevo una carta, pero he perdido el camino en esta foresta y agradecería poder quedarme aquí la noche."-

-"¡Oh pobre muchacho!"- dijo la mujer, -"has llegado a una cueva de ladrones, y cuando vengan, de seguro te matarán."-

-"Deja que vengan"- dijo el joven, -"no estoy asustado, pero estoy tan cansado que no puedo avanzar más."- y se acomodó sobre una banca y se quedó dormido.

Muy pronto llegaron los ladrones, y molestos preguntaron quien era ese extraño muchacho durmiendo allí.

-"¡Ah!"- dijo la vieja mujer, -"es un inocente muchacho que se perdió en el bosque, y por piedad lo dejé entrar. Él debe de llevar una carta a la reina"-

Los ladrones abrieron la carta y la leyeron, y en ella decía que en cuanto el joven llegara debía ser muerto. Entonces los duros ladrones sintieron lástima, y su líder la rompió y escribió otra diciendo que tan pronto el muchacho llegara, debía ser casado al instante con la hija del rey. Y lo dejaron dormir tranquilamente hasta la siguiente mañana. Y cuando despertó le dieron la carta, y le indicaron el camino correcto.

La reina, cuando recibió la carta y la leyó, hizo lo que estaba escrito en ella, y preparó una espléndida fiesta de boda, y la hija del rey fue casada con el joven de la suerte, y como el joven era apuesto y colaborador, ella vivió con él felizmente.

Tiempo después el rey retornó de su gira a palacio y vio que la profecía se había cumplido, y que el joven de la suerte se había casado con su hija.

-"¿Cómo habrá sucedido eso?"- dijo él, -"Yo di otras instrucciones en mi carta"-

Así pues que la reina le entregó la carta, y le dijo que podía ver personalmente lo que en ella estaba escrito. El rey examinó la carta y vio muy bien que había sido cambiada por la otra. Él le preguntó al joven que qué había sido de la carta que él le confió, y que por qué había traído otra en su lugar.

-"No sé nada de ello"- contestó, -"pudo haber sido cambiada en la noche, cuando dormí en la foresta."-

El rey dijo molesto:

-"No vas a tener todo tranquilamente a tu manera, quien se casa con mi hija debe traerme del infierno tres pelos de oro de la cabeza del diablo. Dame lo que te pido, y podrás continuar con mi hija."-

De este modo esperaba el rey deshacerse del muchacho para siempre. Pero el chico de la suerte contestó:

-"Conseguiré los pelos de oro, no le temo al diablo"- y se alejó de ellos para comenzar su gira.

El camino lo llevó a un gran pueblo, donde el guardián de las puertas le preguntó a que venía y que conocimientos tenía.

-"Yo sé de todo"- contestó el joven.

-"Entonces puedes hacernos un favor"- dijo el guardián, -"si nos puedes decir por qué nuestra fuente del mercado, que una vez fluía vino, se ha secado, y desde entonces ni siquiera nos da agua."-

-"Ya lo sabrán"- contestó, -"sólo esperen a mi regreso."-

Y siguió su camino y llegó a otra ciudad, y allí también el guardián de las puertas le preguntó a qué venía y qué sabía.

-"Sé de todo"- contestó.

-"Entonces podrás hacernos un favor y decirnos ¿por qué un árbol en nuestro pueblo, que una vez daba manzanas de oro, ahora ni siquiera echa hojas?"-

-"Ya lo sabrán"- contestó, -"sólo esperen a mi regreso"-

Entonces prosiguió y llegó a un ancho río que debía atravesar. El botero le preguntó a qué venía y qué sabía él.

-"Sé de todo"- contestó.

-"Entonces podrás hacerme un favor"- dijo el botero, -"dime ¿por qué debo estar siempre yendo y viniendo y nunca quedar libre de esta labor?"-

-"Ya lo sabrás"- contestó, -"sólo espera a mi regreso"-

Cuando había cruzado el río encontró la entrada al infierno. Era negra y llena de hollín, y el diablo no se encontraba en casa, pero la abuela estaba sentada en una gran mecedora.



-"¿Qué es lo que quieres?"- le preguntó.

Pero ella no parecía ser malvada.

-"Me gustaría tener tres pelos de oro de la cabeza del diablo"- le contestó. -"De lo contrario no podría conservar a mi esposa."-

-"Eso es un buen trabajo para solicitar."- dijo ella, -"Si el diablo llega y te encuentra, te costará la vida, pero como te tengo piedad, veré si te puedo ayudar."-

Ella lo convirtió en hormiga y dijo:

-"Métete entre los dobleces de mi vestido, allí estarás seguro."-

-"Sí"- contestó él, -"hasta ahora todo bien. Pero hay tres cosas además que debo de saber: ¿por qué una fuente que una vez fluía vino se ha secado, y ahora ni siquiera echa agua; por qué un árbol que una vez daba manzanas de oro, ahora ni siquiera da hojas; y por qué un botero debe de estar siempre yendo y viniendo, y nunca queda libre?

-"Esas son preguntas difíciles"- contestó ella, -"pero solamente quédate en silencio y quieto y pon atención a lo que diga el diablo cuando yo le arranque los tres pelos de oro."-

Cuando llegó el anochecer, el diablo regresó. No más había entrado cuando notó un cambio en el aire.

-"Me huele a carne humana"- dijo él, -"algo no está bien aquí."-

Entonces él revisó cada rincón, y buscó y buscó, pero no encontró nada. Su abuela lo increpó:

-"Acabo de terminar de barrer y puse todo en orden, y ya estás desordenando todo otra vez; tú siempre tienes carne humana en tu nariz. Siéntate y come tu cena."-

Cuando ya hubo cenado y bebido, se sintió cansado, y reposó su cabeza en el regazo de su abuela, y al poco rato quedó profundamente dormido, roncando y respirando hondo. Entonces la vieja mujer agarró un pelo de oro, lo jaló y lo puso abajo cerca de ella.

-"¡Ay!"- gritó el diablo, -"¿Qué estás haciendo?"-

-"He tenido un mal sueño"- contestó la abuela, -"por eso me sostuve de tu pelo."-

-"¿Y cómo era el sueño?"- dijo el diablo.

-"Soñaba que en una plaza de mercado había una fuente que una vez echaba vino, pero se secó y ahora no echa ni agua. ¿Que podría haber ocurrido?"-

-"¡Ah já! ¡si lo supieran!"- contestó el diablo, -"Hay un enorme sapo sentado sobre una piedra en el pozo. Si lo mataran, el vino regresaría de nuevo."-

Él se durmió de nuevo, y roncaba que hasta las ventanas vibraban. Entonces ella desprendió el segundo pelo.

-"¡Hey, que estás haciendo!"-, gritó el diablo incómodo.

-"No lo tomes mal."- dijo ella, -"Lo hacía en un sueño."-

-"¿Y qué has soñado ahora?- preguntó él.

-"Soñaba que en cierto reino había un manzano que una vez daba manzanas de oro, pero ahora no da ni hojas. ¿Cuál crees que pueda ser la razón?"-

-"¡Oh! ¡si lo supieran!"- contestó el diablo, -"Un ratón está mordiendo la raíz, si lo mataran, tendrían de nuevo manzanas de oro. Pero si sigue mordiendo más tiempo, el árbol entero se moriría. Pero déjame sólo con tus sueños: si me vuelves a molestar en mi dormir te jalaré las orejas."

La abuela le habló suavemente hasta que de nuevo se durmió y roncó. Entonces ella arrancó el tercer pelo de oro. El diablo saltó, rugió fuertemente, y la hubiera regañado si ella no lo hubiera tranquilizado una vez más diciéndole:

-"¿Quien podría solventar malos sueños?"-

-"¿Cuál fue el sueño, entonces?"- preguntó él, un poco intrigado.

-"Soñaba que había un botero que se quejaba de que siempre tenía que ir de uno al otro lado del río, y nunca podía liberarse. ¿Cuál sería la solución?"-

-"¡Ah, el tontito!"- contestó el diablo, -"cuando alguien llegue y desee cruzar el río, él debe poner los remos en sus manos, y este otro hombre tendrá que seguir haciendo el transporte y él quedará libre."-

En cuanto la abuela hubo arrancado los tres pelos de oro, y los tres enigmas resueltos, lo dejó tranquilo durmiendo hasta el amanecer.

Cuando el diablo salió de nuevo, la vieja mujer tomó a la hormiga de los pliegues de su vestido, y le dio al joven de la suerte su forma humana de nuevo.

-"Aquí tienes los tres pelos de oro para tí"- dijo ella, -"Supongo que oíste lo que dijo el diablo sobre tus tres preguntas"-

-"¡Sí, claro!"- contestó él, -"sí lo oí, y tendré cuidado de recordarlo."-

-"Ya tienes lo que querías"- dijo ella, -"y ahora puedes partir."-

Él le agradeció haberlo ayudado en su necesidad, y dejó el infierno muy contento de que todo salió afortunadamente bien.

Cuando volvió al río, el botero esperaba ansioso la respuesta prometida.

-"Pásame primero"- dijo el joven con suerte, -"y entonces te diré como liberarte."-

Y cuando llegaron a la orilla contraria, le dijo el consejo del diablo:

-"La próxima vez que venga alguien que desee cruzar el río, solamente ponle los remos en sus manos"-

Siguió adelante hasta el pueblo donde estaba el manzano improductivo, y allí también el guardián esperaba la respuesta. Él le dijo lo que escuchó del diablo:

-"Maten al ratón que está mordiendo su raíz, y de nuevo dará manzanas de oro."-

Entonces el guardián le agradeció dándole dos burros cargados con oro, que siguieron tras él.

De último llegó al pueblo donde la fuente se había secado. Él le dijo al guardián lo que dijo el diablo:

-"Un gran sapo está en el pozo sobre una piedra. Deben de encontrarlo y matarlo, y el pozo de nuevo fluirá vino en cantidad."-

El guardián le agradeció, dándole también dos burros cargados de oro.

Al fin el joven de la suerte llegó a casa con su esposa, que estuvo feliz de corazón por verlo de nuevo, y de oír cuan bien había prosperado en todo. Al rey él le llevó lo que había pedido: los tres pelos de oro del diablo, y cuando el rey vio a los cuatro burros cargados con oro se puso muy contento y dijo:

-"Ahora que has cumplido con todas las condiciones, puedes quedarte con mi hija. Pero dime, querido yerno, ¿de dónde sacaste todo ese oro? ¡Es una enorme riqueza!"-

-"Remando, yo atravesé un río"- contestó, -"y allá, en la otra orilla, yacía oro en vez de arena."-

-"¿Podría yo traer también?"- dijo el rey, muy ansioso por conseguirlo.

-"Tanto como quiera."- contestó el joven.

-"Hay un botero en el río, pídale que lo pase al otro lado, y podrá llenar sus sacos."-

El voraz rey salió a toda prisa, y cuando llegó al río le pidió al botero que lo pasara. El botero se acercó y le pidió que subiera. Y cuando llegaron a la otra orilla, le puso los remos en las manos y saltó. Y de ahí en adelante, el rey tuvo que seguir remando, como un castigo a sus pecados.

¿Estará aún ahí de botero? Si lo está, es porque nadie le ha tomado aún los remos.

Enseñanza: 

Quien lanza un mal, contra él mismo retorna.

El Lobo y las Siete Cabritas



Había una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, y las amaba con todo el amor que una buena madre puede tener por sus hijos. Un día ella quiso ir al bosque y conseguir algún alimento. Así que llamó a las siete y les dijo:

-"Queridas hijas, tengo que ir al bosque, estén en guardia contra el lobo, si él llega a entrar, las devorará – piel, pelo y todo -. El malvado por lo general se disfraza, pero ustedes lo reconocerán enseguida por su gruesa voz y sus negras patas."-

Las cabritas dijeron:

-"Querida mamá, tendremos cuidado de nosotras mismas, puedes salir sin ninguna ansiedad."

Entonces la vieja cabra baló, y partió a su camino con la mente tranquila.

No había transcurrido mucho tiempo cuando alguien tocó a la puerta de la casa y llamó:

-"Abran la puerta queridas hijas, su madre está aquí, y ha traído de regreso algo para cada una de ustedes."-

Pero las pequeñas cabritas sabían que era el lobo por su gruesa voz,

-"No abriremos la puerta."- gritaron ellas. -"No eres nuestra madre. Ella tiene voz suave y placentera, en cambio tu voz es ronca, ¡Tú eres el lobo!"-

Entonces el lobo se retiró y fue a una tienda y se compró una gran masa de tiza, se la comió y con eso se le suavizó la voz. Y regresó donde las cabritas, tocó a la puerta y gritó:

-"Abran la puerta queridas hijas, su madre está aquí, y ha traído de regreso algo para cada una de ustedes."-

Pero el lobo había arrecostado sus patas contra la ventana, y las cabritas las vieron y gritaron:

-"No abriremos la puerta, nuestra madre no tiene patas negras como las tuyas. ¡Tú eres el lobo!"-

Entonces el lobo fue donde un panadero y le dijo:

-"Me he herido los pies, ponme un poco de masa sobre ellos."-

Y cuando el panadero hubo cubierto sus pies, corrió donde el molinero y dijo:

-"Rocíame un poco de harina sobre mis pies."-

El molinero pensó para sí mismo:

-"Este lobo piensa engañar a alguien."- y se negó.

Pero el lobo dijo:

-"Si no lo haces, te devoraré."-

Entonces el molinero se asustó, y le emblanqueció las patas.

Así el malvado fue por tercera vez a la puerta de la casa, tocó y dijo:

-"Abran la puerta queridas hijas, su madre está aquí, y ha traído del bosque algo para cada una de ustedes."-

Las cabritas gritaron:

-"Primero muéstranos tus patas para saber si eres nuestra querida madrecita."-

Entonces él puso sus patas en la ventana, y cuando vieron que eran blancas, creyeron que todo lo que dijo era cierto y abrieron la puerta. ¡Pero ¿quien entró?, si no el malvado lobo! Ella se aterrorizaron y buscaron a esconderse. Una salto bajo la mesa, la segunda se metió dentro de la cama, la tercera dentro de la estufa, la cuarta en la cocina, la quinta en el armario, la sexta bajo el fregadero, y la séptima dentro de la caja del reloj de péndulo.

Pero el lobo las encontró, y sin ninguna ceremonia, una a una se las fue tragando. La más joven, que estaba dentro de la caja del reloj, fue a la única que no encontró.

Cuando el lobo quedó satisfecho con su apetito, salió, y se arrecostó bajo un árbol en el prado verde, y se quedó dormido. Poco después llegó la vieja cabra a casa de nuevo. ¡Oh, qué panorama el que ella encontró! La puerta de la casa permanecía abierta. La mesa, las sillas y bancas todas tiradas por el suelo, el fregadero quebrado en pedazos, los edredones y las almohadas quitadas de las camas. Ella buscó a sus cabritas, pero no encontró a ninguna. Las llamó una a una por su nombre, pero nadie contestaba. Al final cuando llamó a la más joven, una vocecita gritó:

-"¡Mamita querida, estoy en la caja del reloj!"-

Ella sacó a la cabrita y ésta le contó que había venido el lobo y devoró a las otras. Entonces puedes imaginarte cuánto lloró por sus pobres hijitas.

Soportando su dolor salió afuera, y la cabrita salió con ella. Cuando llegaron al prado, allí yacía el lobo bajo el árbol, y roncaba tan fuerte que hasta las ramas se movían. Ella lo miró por todo lado, y observó que algo se movía y saltaba en su abultado estómago.

-"¡Oh cielos!"- dijo ella, ¿Sería posible que mis pobres hijitas, que se las tragó el lobo para su cena, estuvieran aún con vida?"-

Entonces la cabrita menor corrió a casa y trajo tijeras, una aguja e hilo, y la vieja cabra le abrió el estómago al lobo, y cuando dificultosamente había hecho el primer corte, una de las cabritas asomó su cabeza, y cuando el corte fue aumentado, todas las seis saltaron hacia afuera, vivitas, y sin heridas, pues el malvado, en su ansiedad, se las había tragado enteras. ¡Cuánta felicidad hubo! Abrazaron a su querida madre, y saltaban como un marinero en su boda. La madre sin embargo dijo:

-"Ahora vayan por algunas piedras grandes, y le llenaremos a la malvada bestia el estómago con ellas, mientras sigue dormido."-

Entonces las siete cabritas le trajeron rápidamente las piedras, y pusieron tantas como pudieron dentro del estómago, y la madre lo cosió de nuevo a la mayor velocidad, de modo que él no se diera cuenta de nada y no notara ningún cambio.

Cuando al fin el lobo despertó, se paró en sus patas, y las piedras en su estómago lo hicieron sentir sed, y quiso ir al pozo a beber. Pero cuando empezó a caminar y moverse, las piedras en su estómago pegaban unas con otras y sonaban. Entonces gritó:

-"¿Qué tumba y retumba
dentro de mi pobre panza?
Yo pensé que eran seis cabritas,
pero no son sino piedras en danza."-

Cuando llegó al pozo se paró a la orilla, y cuando justo se agachó a beber, las pesadas piedras lo hicieron caer adentro. No tuvo ayuda alguna y se ahogó miserablemente.

Cuando las siete cabritas vieron aquello, llegaron corriendo al sitio y gritaron en voz alta:

-"¡El lobo ha muerto! ¡El lobo ha muerto!"-

Y danzaron llenas de regocijo alrededor del pozo junto con su madre.

Enseñanza: 

Siempre es lo mejor obedecer las instrucciones de los padres.
Nunca se deben comunicar al enemigo los secretos de las defensas.

El Rey Rana



Hace muchos años, cuando el desear aún le ayudaba a uno, vivía un rey cuyas hijas eran todas buenas doncellas, pero la más joven era tan bondadosa, que el mismo sol, que ha visto tanto, se detenía cada vez que iluminaba su camino. Cerca del castillo del rey, había una inmensa y oscura selva, y bajo un viejo árbol de lima había un pozo, y cuando el día esta muy caliente, la hija menor del rey iba a la selva a sentarse junto a la fresca fuente, y cuando se aburría, tomaba una bola de oro y la tiraba alto para capturarla. Y esta bola era su juguete favorito.

Pero sucedió que en una ocasión la bola no llegó a las manos que la esperaban, sino que cayó al suelo y rodó hasta caer en el pozo. La hija del rey la siguió con sus ojos, hasta que desapareció. Y el pozo era profundo, tan profundo que no se alcanzaba a ver el fondo. Ella empezó a llorar, y a llorar más alto y más alto sin llegar a sentir consuelo. Y mientras se lamentaba oyó que alguien le decía:

-"¿Que te sucede, hija del rey?, te lamentas tanto que hasta las piedras te mostrarían piedad"-

Ella miró alrededor buscando hacia donde venía la voz, y vio a una rana sacando del agua su gran cabeza.

-"¡Ah!, vieja corredora de aguas, ¿eres tú?"- preguntó.- "Estoy llorando por mi bola de oro, que cayó dentro del pozo"- concluyó diciendo.

-"Quédate tranquila y no llores más"- contestó la rana. "Yo te puedo ayudar, pero ¿que me darás a cambio si te regreso ese juguete de nuevo?"-

-"Lo que tú quieras, querida rana"- dijo ella. -"Mis vestidos, mis perlas y joyas, y hasta la corona de oro que llevo puesta"-

La rana respondió: -"No me interesan tus vestidos, tus perlas o joyas, ni la corona de oro, pero si me amaras y me dejaras ser tu compañera y socia de juegos, y sentarme contigo en tu mesa, y comer de tu plato de oro, y beber de tu vaso, y dormir en tu cama junto a tí. Si tú me prometes cumplir todo eso, yo bajaré y traeré acá de regreso tu bola de oro."-

-"Oh, claro" - dijo ella, -"yo te prometo cumplir tus deseos, si me regresas la bola"-

Ella sin embargo pensaba: -"¡Cómo habla esa tonta rana! ¡Ella vive en el agua junto a las otras ranas y sapos y no podría ser compañera de ningún ser humano!"-

Pero la rana, una vez recibida la promesa, metió su cabeza en el agua y se sumergió profundamente, y momentos después subía nadando trayendo en su boca la bola, y la tiró en el zacate. La hija del rey quedó encantada de ver una vez más de nuevo a su juguete, y recogiéndola corrió con ella.

-"¡Espera, espera!"- gritaba la rana. -"¡Llévame contigo, que no puedo correr como lo haces tú!-

Pero ¿de qué le serviría gritar, aún con su croak, croak, tan fuerte como podía? Ella no la escuchaba, y corrió a su aposento y pronto olvidó a la pobre rana, que se vio obligada a regresar al pozo de nuevo.

Al día siguiente, cuando se sentó a la mesa con el rey y los cortesanos, y había empezado a comer en su plato de oro, algo llegó brincando y sonando splash, splash, a las gradas de mármol, y cuando llegó arriba, tocó a la puerta y gritó:

-"Princesa, la más joven de las princesas, ábreme la puerta a mí."-

Ella corrió a ver que había afuera, pero cuando abrió la puerta, encontró a la rana sentada al frente. Entonces ella tiró la puerta a toda prisa, y regresó a sentarse a la mesa y quedó muy asustada. El rey vio que estaba sumamente alterada y que su corazón latía fuertemente y le preguntó:

-"Mi muchachita, ¿qué es lo que te asustó tanto?, ¿está por casualidad un gigante afuera que quiere raptarte y llevarte lejos?"-

-"Oh, no"- replicó ella. -"No es un gigante, sino una horrible rana"-

--"¿Y qué hace una rana contigo?"-

-"Ah, mi querido padre, ayer yo estaba en la foresta, sentada junto al pozo, jugando con mi bola de oro, cuándo ésta cayó a lo profundo del pozo. Y como yo lloraba mucho, la rana me la regresó, y como ella insistía, yo le prometí que podía ser mi compañera, ¡pero nunca pensé que sería capaz de alejarse de sus aguas! Y ahora está ahí afuera, esperando que la ingrese conmigo."-



Mientras tanto la rana tocó a la puerta por segunda vez, y gritaba:

-¡Princesa! ¡La más joven de las princesas!
¡Ábreme a mi la puerta!
¿Recuerdas lo que me dijiste
ayer en las frescas aguas de la fuente?
¡Princesa, la más joven princesa!
¡Ábreme a mi la puerta!

Entonces dijo el rey:

-"Lo que tú has prometido, debes cumplirlo. Ve y déjala entrar"-

Ella fue y abrió la puerta, y la rana saltó y la siguió a ella, paso a paso, hasta su silla. Entonces, cuando la princesa se sentó, la rana gritó:

-"Levántame para estar a tu lado."-

Ella no actuaba, hasta que el rey le ordenó hacerlo. Cuando la rana ya estaba en la silla, le pidió estar en la mesa, y una vez en la mesa dijo:

-"Ahora, empuja tu plato de oro más cerca de mí de modo que podamos comer juntos."-

Ella lo hizo, pero fue fácil ver que lo hacía sin su voluntad. La rana disfrutó de la comida, pero casi todos los bocados que la princesa tomaba, la estremecían. Al final dijo la rana:

-"Ya he comido y estoy satisfecha; ahora estoy cansada, llévame a tu dormitorio, alista tu sedosa cama, y ambos iremos a dormir."-



La hija del rey empezó a llorar, porque tenía miedo de la fría rana que ella no quería tocar, y que iba ahora a dormir en su preciosa y limpia cama. Pero el rey se molestó y dijo:

-"Aquel que te ayudó cuando estuviste en apuros, no debe ser decepcionado por tí."-

Así que ella tomó a la rana con sólo dos dedos, la llevó arriba y la puso en una esquina. Pero cuando ella se metió a su cama, la rana sigilosamente se le acercó y le dijo:

-"Estoy cansada, quiero dormir tan bien como tú, levántame o se lo diré a tu padre."-

Entonces ella se enojó terriblemente, la tomó en sus manos y la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared.

-"Ahora te estarás quieta, odiosa rana."- dijo ella.

Pero cuando cayó al suelo ya no era una rana, sino un encantador príncipe de bellos modales.

Ahora, él, por decisión de ella y de su padre, es su compañero y esposo. Entonces él le contó cómo había sido hechizado por un malvado brujo, y cómo nadie lo había sacado nunca del pozo, excepto ella, y que mañana podrían ir juntos a su reino. Ambos fueron a dormir, y a la mañana siguiente, al levantar el sol, llegó un carruaje con ocho caballos blancos, con plumas blancas de avestruz en sus cabezas, y con arreos con cadenas de oro, y atrás venía el fiel sirviente Henry. El fiel sirviente Henry había quedado tan infeliz cuando su patrón fue convertido en rana, que se había atado tres bandas de hierro alrededor de su corazón para que no reventara de pena y tristeza. El carruaje condujo al príncipe a su reino. El fiel Henry les ayudó a ambos, y se puso a sus órdenes de nuevo, y estaba lleno de dicha por su rescate. Y cuando iban de camino, el hijo del rey escuchó que algo se quebraba atrás de él. Se volvió y gritó:

-"Hey, Henry, el carruaje se está quebrando."-

-"No, patrón, no es el carruaje. Es una banda que está sobre mi corazón, que me había puesto por mi gran dolor por su encantamiento como rana dentro del pozo. Otra y otra vez volvieron aquellos sonidos, y el hijo del rey pensaba que el carruaje se estaba quebrando, pero sólo eran las bandas que se reventaban de alrededor del corazón del fiel Henry porque su patrón era ahora libre y feliz.

Enseñanza: 
Lo que se promete, siempre debe cumplirse.

Hansel y Gretel (La casita de chocolate)



Junto a un bosque muy grande vivía un pobre leñador con su mujer y dos hijos; el niño se llamaba Hänsel, y la niña, Gretel. Apenas tenían qué comer, y en una época de carestía que sufrió el país, llegó un momento en que el hombre ni siquiera podía ganarse el pan de cada día. Estaba el leñador una noche en la cama, cavilando y revolviéndose, sin que las preocupaciones le dejaran pegar el ojo; finalmente, dijo, suspirando, a su mujer: - ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Cómo alimentar a los pobres pequeños, puesto que nada nos queda? - Se me ocurre una cosa -respondió ella-. Mañana, de madrugada, nos llevaremos a los niños a lo más espeso del bosque. Les encenderemos un fuego, les daremos un pedacito de pan y luego los dejaremos solos para ir a nuestro trabajo. Como no sabrán encontrar el camino de vuelta, nos libraremos de ellos. - ¡Por Dios, mujer! -replicó el hombre-. Eso no lo hago yo. ¡Cómo voy a cargar sobre mí el abandonar a mis hijos en el bosque! No tardarían en ser destrozados por las fieras. - ¡No seas necio! -exclamó ella-. ¿Quieres, pues, que nos muramos de hambre los cuatro? ¡Ya puedes ponerte a aserrar las tablas de los ataúdes! -. Y no cesó de importunarle hasta que el hombre accedió-. Pero me dan mucha lástima -decía. Los dos hermanitos, a quienes el hambre mantenía siempre desvelados, oyeron lo que su madrastra aconsejaba a su padre. Gretel, entre amargas lágrimas, dijo a Hänsel: - ¡Ahora sí que estamos perdidos! - No llores, Gretel -la consoló el niño-, y no te aflijas, que yo me las arreglaré para salir del paso. Y cuando los viejos estuvieron dormidos, levantóse, púsose la chaquetita y salió a la calle por la puerta trasera. Brillaba una luna esplendoroso y los blancos guijarros que estaban en el suelo delante de la casa, relucían como plata pura. Hänsel los fue recogiendo hasta que no le cupieron más en los bolsillos. De vuelta a su cuarto, dijo a Gretel: - Nada temas, hermanita, y duerme tranquila: Dios no nos abandonará -y se acostó de nuevo. A las primeras luces del día, antes aún de que saliera el sol, la mujer fue a llamar a los niños: - ¡Vamos, holgazanes, levantaos! Hemos de ir al bosque por leña-. Y dando a cada uno un pedacito de pan, les advirtió-: Ahí tenéis esto para mediodía, pero no os lo comáis antes, pues no os daré más. Gretel se puso el pan debajo del delantal, porque Hänsel llevaba los bolsillos llenos de piedras, y emprendieron los cuatro el camino del bosque. Al cabo de un ratito de andar, Hänsel se detenía de cuando en cuando, para volverse a mirar hacia la casa. Dijo el padre: - Hänsel, no te quedes rezagado mirando atrás, ¡atención y piernas vivas! - Es que miro el gatito blanco, que desde el tejado me está diciendo adiós -respondió el niño. Y replicó la mujer: - Tonto, no es el gato, sino el sol de la mañana, que se refleja en la chimenea. Pero lo que estaba haciendo Hänsel no era mirar el gato, sino ir echando blancas piedrecitas, que sacaba del bolsillo, a lo largo del camino. Cuando estuvieron en medio del bosque, dijo el padre: - Recoged ahora leña, pequeños, os encenderé un fuego para que no tengáis frío. Hänsel y Gretel reunieron un buen montón de leña menuda. Prepararon una hoguera, y cuando ya ardió con viva llama, dijo la mujer: - Poneos ahora al lado del fuego, chiquillos, y descansad, mientras nosotros nos vamos por el bosque a cortar leña. Cuando hayamos terminado, vendremos a recogeros. Los dos hermanitos se sentaron junto al fuego, y al mediodía, cada uno se comió su pedacito de pan. Y como oían el ruido de los hachazos, creían que su padre estaba cerca. Pero, en realidad, no era el hacha, sino una rama que él había atado a un árbol seco, y que el viento hacía chocar contra el tronco. Al cabo de mucho rato de estar allí sentados, el cansancio les cerró los ojos, y se quedaron profundamente dormidos. Despertaron, cuando ya era noche cerrada. Gretel se echó a llorar, diciendo: - ¿Cómo saldremos del bosque? Pero Hänsel la consoló: - Espera un poquitín a que brille la luna, que ya encontraremos el camino. Y cuando la luna estuvo alta en el cielo, el niño, cogiendo de la mano a su hermanita, guiose por las guijas, que, brillando como plata batida, le indicaron la ruta. Anduvieron toda la noche, y llegaron a la casa al despuntar el alba. Llamaron a la puerta y les abrió la madrastra, que, al verlos, exclamó: - ¡Diablo de niños! ¿Qué es eso de quedarse tantas horas en el bosque? ¡Creíamos que no queríais volver! El padre, en cambio, se alegró de que hubieran vuelto, pues le remordía la conciencia por haberlos abandonado. Algún tiempo después hubo otra época de miseria en el país, y los niños oyeron una noche cómo la madrastra, estando en la cama, decía a su marido: - Otra vez se ha terminado todo; sólo nos queda media hogaza de pan, y sanseacabó. Tenemos que deshacernos de los niños. Los llevaremos más adentro del bosque para que no puedan encontrar el camino; de otro modo, no hay salvación para nosotros. Al padre le dolía mucho abandonar a los niños, y pensaba: «Mejor harías partiendo con tus hijos el último bocado». Pero la mujer no quiso escuchar sus razones, y lo llenó de reproches e improperios. Quien cede la primera vez, también ha de ceder la segunda; y, así, el hombre no tuvo valor para negarse. Pero los niños estaban aún despiertos y oyeron la conversación. Cuando los viejos se hubieron dormido, levantóse Hänsel con intención de salir a proveerse de guijarros, como la vez anterior; pero no pudo hacerlo, pues la mujer había cerrado la puerta. Dijo, no obstante, a su hermanita, para consolarla: - No llores, Gretel, y duerme tranquila, que Dios Nuestro Señor nos ayudará. A la madrugada siguiente se presentó la mujer a sacarlos de la cama y les dio su pedacito de pan, más pequeño aún que la vez anterior. Camino del bosque, Hänsel iba desmigajando el pan en el bolsillo y, deteniéndose de trecho en trecho, dejaba caer miguitas en el suelo. - Hänsel, ¿por qué te paras a mirar atrás? -preguntóle el padre-. ¡Vamos, no te entretengas! - Estoy mirando mi palomita, que desde el tejado me dice adiós. - ¡Bobo! -intervino la mujer-, no es tu palomita, sino el sol de la mañana, que brilla en la chimenea. Pero Hänsel fue sembrando de migas todo el camino. La madrastra condujo a los niños aún más adentro del bosque, a un lugar en el que nunca había estado. Encendieron una gran hoguera, y la mujer les dijo: - Quedaos aquí, pequeños, y si os cansáis, echad una siestecita. Nosotros vamos por leña; al atardecer, cuando hayamos terminado, volveremos a recogemos. A mediodía, Gretel partió su pan con Hänsel, ya que él había esparcido el suyo por el camino. Luego se quedaron dormidos, sin que nadie se presentara a buscar a los pobrecillos; se despertaron cuando era ya de noche oscura. Hänsel consoló a Gretel diciéndole: - Espera un poco, hermanita, a que salga la luna; entonces veremos las migas de pan que yo he esparcido, y que nos mostrarán el camino de vuelta. Cuando salió la luna, se dispusieron a regresar; pero no encontraron ni una sola miga; se las habían comido los mil pajarillos que volaban por el bosque. Dijo Hänsel a Gretel: - Ya daremos con el camino -pero no lo encontraron. Anduvieron toda la noche y todo el día siguiente, desde la madrugada hasta el atardecer, sin lograr salir del bosque; sufrían además de hambre, pues no habían comido más que unos pocos frutos silvestres, recogidos del suelo. Y como se sentían tan cansados que las piernas se negaban ya a sostenerlos, echáronse al pie de un árbol y se quedaron dormidos.
Y amaneció el día tercero desde que salieron de casa. Reanudaron la marcha, pero cada vez se extraviaban más en el bosque. Si alguien no acudía pronto en su ayuda, estaban condenados a morir de hambre. Pero he aquí que hacia mediodía vieron un hermoso pajarillo, blanco como la nieve, posado en la rama de un árbol; y cantaba tan dulcemente, que se detuvieron a escucharlo. Cuando hubo terminado, abrió sus alas y emprendió el vuelo, y ellos lo siguieron, hasta llegar a una casita, en cuyo tejado se posó; y al acercarse vieron que la casita estaba hecha de pan y cubierta de bizcocho, y las ventanas eran de puro azúcar. - ¡Mira qué bien! -exclamó Hänsel-, aquí podremos sacar el vientre de mal año. Yo comeré un pedacito del tejado; tú, Gretel, puedes probar la ventana, verás cuán dulce es. Se encaramó el niño al tejado y rompió un trocito para probar a qué sabía, mientras su hermanita mordisqueaba en los cristales. Entonces oyeron una voz suave que procedía del interior: «¿Será acaso la ratita la que roe mi casita?» Pero los niños respondieron: «Es el viento, es el viento que sopla violento». Y siguieron comiendo sin desconcertarse. Hänsel, que encontraba el tejado sabrosísimo, desgajó un buen pedazo, y Gretel sacó todo un cristal redondo y se sentó en el suelo, comiendo a dos carrillos. Abrióse entonces la puerta bruscamente, y salió una mujer viejísima, que se apoyaba en una muleta. Los niños se asustaron de tal modo, que soltaron lo que tenían en las manos; pero la vieja, meneando la cabeza, les dijo: - Hola, pequeñines, ¿quién os ha traído? Entrad y quedaos conmigo, no os haré ningún daño. Y, cogiéndolos de la mano, los introdujo en la casita, donde había servida una apetitosa comida: leche con bollos azucarados, manzanas y nueces. Después los llevó a dos camitas con ropas blancas, y Hänsel y Gretel se acostaron en ellas, creyéndose en el cielo. La vieja aparentaba ser muy buena y amable, pero, en realidad, era una bruja malvada que acechaba a los niños para cazarlos, y había construido la casita de pan con el único objeto de atraerlos. Cuando uno caía en su poder, lo mataba, lo guisaba y se lo comía; esto era para ella un gran banquete. Las brujas tienen los ojos rojizos y son muy cortas de vista; pero, en cambio, su olfato es muy fino, como el de los animales, por lo que desde muy lejos ventean la presencia de las personas. Cuando sintió que se acercaban Hänsel y Gretel, dijo para sus adentros, con una risotada maligna: «¡Míos son; éstos no se me escapan!». Levantóse muy de mañana, antes de que los niños se despertasen, y, al verlos descansar tan plácidamente, con aquellas mejillitas tan sonrosadas y coloreadas, murmuró entre dientes: «¡Serán un buen bocado!». Y, agarrando a Hänsel con su mano seca, llevólo a un pequeño establo y lo encerró detrás de una reja. Gritó y protestó el niño con todas sus fuerzas, pero todo fue inútil. Dirigióse entonces a la cama de Gretel y despertó a la pequeña, sacudiéndola rudamente y gritándole: - Levántate, holgazana, ve a buscar agua y guisa algo bueno para tu hermano; lo tengo en el establo y quiero que engorde. Cuando esté bien cebado, me lo comeré. Gretel se echó a llorar amargamente, pero en vano; hubo de cumplir los mandatos de la bruja. Desde entonces a Hänsel le sirvieron comidas exquisitas, mientras Gretel no recibía sino cáscaras de cangrejo. Todas las mañanas bajaba la vieja al establo y decía: - Hänsel, saca el dedo, que quiero saber si estás gordo. Pero Hänsel, en vez del dedo, sacaba un huesecito, y la vieja, que tenía la vista muy mala, pensaba que era realmente el dedo del niño, y todo era extrañarse de que no engordara. Cuando, al cabo de cuatro semanas, vio que Hänsel continuaba tan flaco, perdió la paciencia y no quiso aguardar más tiempo: - Anda, Gretel -dijo a la niña-, a buscar agua, ¡ligera! Esté gordo o flaco tu hermano, mañana me lo comeré. ¡Qué desconsuelo el de la hermanita, cuando venía con el agua, y cómo le corrían las lágrimas por las mejillas! «¡Dios mío, ayúdanos! -rogaba-. ¡Ojalá nos hubiesen devorado las fieras del bosque; por lo menos habríamos muerto juntos!». - ¡Basta de lloriqueos! -gritó la vieja-; de nada han de servirte. Por la madrugada, Gretel hubo de salir a llenar de agua el caldero y encender fuego. - Primero coceremos pan -dijo la bruja-. Ya he calentado el horno y preparado la masa -. Y de un empujón llevó a la pobre niña hasta el horno, de cuya boca salían grandes llamas. Entra a ver si está bastante caliente para meter el pan -mandó la vieja. Su intención era cerrar la puerta del horno cuando la niña estuviese en su interior, asarla y comérsela también. Pero Gretel le adivinó el pensamiento y dijo: - No sé cómo hay que hacerlo; ¿cómo lo haré para entrar? - ¡Habráse visto criatura más tonta! -replicó la bruja-. Bastante grande es la abertura; yo misma podría pasar por ella -y, para demostrárselo, se adelantó y metió la cabeza en la boca del horno. Entonces Gretel, de un empujón, la precipitó en el interior y, cerrando la puerta de hierro, corrió el cerrojo. ¡Allí era de oír la de chillidos que daba la bruja! ¡Qué gritos más pavorosos! Pero la niña echó a correr, y la malvada hechicera hubo de morir quemada miserablemente. Corrió Gretel al establo donde estaba encerrado Hänsel y le abrió la puerta, exclamando: ¡Hänsel, estamos salvados; ya está muerta la bruja! Saltó el niño afuera, como un pájaro al que se le abre la jaula. ¡Qué alegría sintieron los dos, y cómo se arrojaron al cuello uno del otro, y qué de abrazos y besos! Y como ya nada tenían que temer, recorrieron la casa de la bruja, y en todos los rincones encontraron cajas llenas de perlas y piedras preciosas. - ¡Más valen éstas que los guijarros! -exclamó Hänsel, llenándose de ellas los bolsillos. Y dijo Gretel: - También yo quiero llevar algo a casa -y, a su vez, se llenó el delantal de pedrería. - Vámonos ahora -dijo el niño-; debemos salir de este bosque embrujado -. A unas dos horas de andar llegaron a un gran río. - No podremos pasarlo -observó Hänsel-, no veo ni puente ni pasarela. - Ni tampoco hay barquita alguna -añadió Gretel-; pero allí nada un pato blanco, y si se lo pido nos ayudará a pasar el río -. Y gritó: «Patito, buen patito mío Hänsel y Gretel han llegado al río. No hay ningún puente por donde pasar; ¿sobre tu blanca espalda nos quieres llevar?». Acercóse el patito, y el niño se subió en él, invitando a su hermana a hacer lo mismo. - No -replicó Gretel-, sería muy pesado para el patito; vale más que nos lleve uno tras otro. Así lo hizo el buen pato, y cuando ya estuvieron en la orilla opuesta y hubieron caminado otro trecho, el bosque les fue siendo cada vez más familiar, hasta que, al fin, descubrieron a lo lejos la casa de su padre. Echaron entonces a correr, entraron como una tromba y se colgaron del cuello de su padre. El pobre hombre no había tenido una sola hora de reposo desde el día en que abandonara a sus hijos en el bosque; y en cuanto a la madrastra, había muerto. Volcó Gretel su delantal, y todas las perlas y piedras preciosas saltaron por el suelo, mientras Hänsel vaciaba también a puñados sus bolsillos. Se acabaron las penas, y en adelante vivieron los tres felices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

La Novia Clara y La Oscura



Una mujer estaba con su hija y su hijastra cortando el forraje en un terreno, cuando el Señor Dios se les acercó en la forma de un hombre pobre, y les preguntó,

-"¿Cuál es el camino hacia el pueblo?"-

- "Si usted quiere saber,"- dijo groseramente la madre, -"búsquelo usted mismo."-

Y la hija añadió,

-"Si usted teme no encontrarlo, busque un guía que lo lleve."-

Pero la hijastra dijo,

-"Pobre hombre, yo lo llevaré, venga conmigo."-

Entonces Dios se molestó con la madre y su hija, y les volvió la espalda, y pidió que su piel se les pusiera tan oscura como la noche, y además que tomaran una horrible apariencia. Con respecto a la hijastra, sin embargo, Dios fue cortés y siguió con ella, y cuando estaban cerca del pueblo, ofreció una bendición para ella diciendo,

-"Elige tres cosas para ti, y te las concederé."-

Entonces dijo la doncella,

-"Me gustaría ser tan hermosa y clara como el sol y agradable como el día."-

y al instante ella quedó hermosa y clara como el sol y agradable como el día.

-"Luego me gustaría tener un monedero de dinero que nunca se quede vacío."-

Y el Señor se lo concedió también, y además le dijo,

-"No olvides lo que es el mejor deseo de todos."-

Y dijo ella,

-"Para mi tercer deseo, quiero que después de mi muerte, habite en el reino eterno del Cielo."-

Esto también le fue concedido, y luego el Señor Dios se retiró. Cuando la madrastra vino a la casa con su hija, y vieron que ellas dos ahora estaban tan oscuras como la noche y con sus apariencias muy feas, pero que la hijastra tenía radiante claridad y hermosura, la maldad aumentó todavía más en sus corazones, y no pensaron en nada más, sino en como podrían ellas hacerle algún daño.

La hijastra, sin embargo, tenía un hermano llamado Reginer, a quien ella quería mucho, y ella le contó todo lo que había pasado. Un día, Reginer le dijo,

-"Querida hermana, haré un retrato tuyo, para poder tenerte continuamente antes mis ojos, ya que mi fraternal amor por ti es tan grande, que me gustaría siempre poder mirarte."-

Ella contestó,

-"Pero te pido por favor, que no dejes a nadie ver el cuadro."-

Entonces él pintó a su hermana y colgó el cuadro en su cuarto. Él, moraba en el palacio del Rey, ya que era su cochero.

Cada día él se quedaba un rato de pie frente al cuadro, y agradecía a Dios por la felicidad de tener una tan querida hermana. Ahora resulta que el rey, a quien él servía, acababa de perder a su esposa, quien había sido tan hermosa que no podía encontrarse a nadie que pudiera compararse con ella, y por este motivo el rey estaba con una profunda pena. Los asistentes de la corte, sin embargo, comentaban que el cochero se paraba diariamente frente a este cuadro hermoso, y como eso los ponía celosos, le informaron al rey.

Entonces el rey ordenó que le trajeran el cuadro, y cuando él vio lo parecida que era a su finada esposa en todo sentido, salvo que era todavía más hermosa, cayó mortalmente enamorado de ella. Él hizo que el cochero fuera traído a su presencia, y le preguntó a quién representaba el retrato.

El cochero dijo que era su hermana, y entonces el rey resolvió que no tomaría a nadie, sino a esta muchacha, como su esposa, y le dio al cochero un carro y caballos y ropas espléndidas de tela de oro, y lo envió adelante para que trajera a su novia elegida.

Cuándo Reginer llegó en esa diligencia, su hermana se alegró, pero la doncella oscura estaba celosa de la fortuna de su hermanastra, y se puso enojada sin control alguno, y le dijo a su madre,

-"¿De que sirven todas tus artes para nosotras ahora, si no puedes conseguir ni siquiera un golpe de suerte para mí?"-

-"Tranquila,"- dijo la madre, -"pronto te daré algo."-

Y por sus artes de brujería, ella entorpeció los ojos del cochero dejándolo medio ciego, y a la doncella blanca le obstaculizó los oídos, de modo que quedara medio sorda.

Entonces entraron en el carro, primero la novia blanca en su indumentaria real noble, y luego la madrastra con su hija, y Reginer sentado al frente listo para conducir.

Después de recorrer el camino durante algún tiempo, el cochero gritó,

"Cúbrete bien, mi hermana querida,
Que la lluvia no te moje,
Que el viento no te cargue de polvo,
Pues debes estar agraciada y hermosa
Cuando te presentes ante el rey. "

La novia preguntó,

-"¿Qué dice mi querido hermano?"-

-"Ah,"- dijo la anciana, -"él dice que debes quitarte tu vestido de oro y darlo a tu hermana." Entonces ella se lo quitó, y lo puso sobre la doncella oscura, quien a cambio le dio su lamentable vestido gris.
Siguieron adelante, y un corto tiempo después, el hermano otra vez gritó,

"Cúbrete bien, mi hermana querida,
Que la lluvia no te moje,
Que el viento no te cargue de polvo,
Pues debes estar agraciada y hermosa
Cuando te presentes ante el rey. "

La novia preguntó,

-"¿Qué dice mi querido hermano?"-

-"Ah,"- dijo la anciana, -"él dice que debes de quitarte la capucha de oro y darla a tu hermana."-

Entonces ella se quitó la capucha y la puso sobre su hermana, y se sentó con su cabeza descubierta. Y siguieron aún más lejos. Al ratito, el hermano una vez más gritó,

"Cúbrete bien, mi hermana querida,
Que la lluvia no te moje,
Que el viento no te cargue de polvo,
Pues debes estar agraciada y hermosa
Cuando te presentes ante el rey. "

La novia preguntó,

-"¿Qué dice mi querido hermano?"-

-"Ah,"- dijo la anciana, -"él dice que debes de mirar hacia afuera del carro."-

Ellos estaban, en ese momento, sobre un puente, que cruzaba aguas profundas. Cuando la novia se levantó de su asiento y se inclinó para mirar, madre e hija la empujaron, haciéndola caer en medio del agua.

Al mismo momento en que la novia se hundía, un pato blanco como la nieve emergió de las brillantes aguas, y nadó río abajo. El hermano no había observado nada de aquello, y condujo el carro hasta llegar a la corte. Entonces él llevó a la doncella oscura al rey creyendo realmente que era su hermana, porque sus ojos estaban débiles, y lo deslumbraba el brillar del oro del traje. Cuando el rey vio la fealdad ilimitada de su supuesta novia, se enojó muchísimo, y ordenó que el cochero fuera lanzado en un hoyo que estaba rodeado de víboras y nidos de serpientes.

La vieja bruja, sin embargo, sabía tan bien como adular al Rey y engañar a sus ojos con sus artes, que él las dejó quedarse, a ella y a su hija, hasta que ésta le pareciera completamente soportable, y él realmente se casó con ella.

Una tarde, cuando la novia oscura estaba sentada junto al rey, un pato blanco vino nadando por el canal hasta la cocina, y dijo al muchacho a cargo de la cocina,

-"Joven, por favor enciende un fuego, para que pueda calentar mis plumas."-

El muchacho de la cocina lo hizo, y encendió un fuego en el hogar. Entonces vino el pato y se sentó allí cerca, se sacudió y alisó sus plumas finamente. Mientras el pato estaba sentado y disfrutando del momento, preguntó al muchacho,

-"¿Qué hace mi hermano Reginer?"-

El muchacho de la cocina contestó,

-"Él está encarcelado en un hoyo que está rodeado de víboras y serpientes."-

Entonces ella preguntó,

-"¿Qué hace la bruja oscura en la casa?"-

El muchacho contestó,

-"Ella es amada por el Rey y está feliz."

"¡Que Dios se apiade de él!"- dijo el pato, y salió nadando por el fregadero.

A la segunda y tercera noche vino de nuevo el pato e hizo las mismas preguntas. Entonces el muchacho de la cocina ya no pudo soportar más aquello y fue donde el rey a contarle lo sucedido. El Rey, sin embargo, quiso verlo por él mismo, y a la siguiente tarde fue a la cocina, y cuando el pato sacó su cabeza por el fregadero, él tomó su espada y le cortó su cuello, y de repente el pato se transformó en la doncella más hermosa nunca vista antes, exactamente como se veía en la pintura que su hermano había hecho de ella. El Rey se llenó de alegría, y como estaba de pie completamente mojada, él hizo que le fuera traída indumentaria espléndida y que fuera vestida con ella.

Entonces la joven contó cómo había sido engañada con astucia y falsedad, y por fin lanzada abajo al agua al pasar por el puente.

Su primera petición al rey fue que deberían sacar a su hermano del hoyo rodeado de serpientes, y cuando el rey hubo realizado esta petición, él entró en la cámara donde estaba la vieja bruja y le preguntó a la bruja,

-"¿Qué se merece quién hace esto y aquello?"- relatando los hechos sucedidos.

Ella tan ciega en su mente, y la crueldad tan enraizada en su corazón, que no era consciente de nada dijo,

-"Esa persona merece ser desnudada completamente, y puesta en un barril con clavos, y que un caballo sea enjaezado al barril, y el caballo enviado a correr por todo el mundo."-

Ese castigo pudo haberles sido hecho a ella y a su hija oscura. Pero no teniendo el rey tanta crueldad, en su lugar le fue dada una bebida para que olvidara sus malas artes, y fue expulsada para siempre del reino y a tener que trabajar muy duramente para ganarse su vida en adelante.

El Rey se casó con la novia clara y hermosa, y recompensó a su hermano fiel, y lo hizo un hombre rico y distinguido.

Enseñanza:
La bondad y la caridad con el necesitado, son siempre agradables al Creador, y tarde o temprano rinden sus buenos frutos.

Las Tres Hilanderas




Había una vez una joven muy perezosa que no le gustaba hilar, y aunque su madre le insistía, no había manera de que se pusiera a hilar. Un día su madre se impacientó y se molestó tanto, que la regañó con dureza, y ella se puso a llorar sonoramente. En ese momento pasaba por ahí la reina, y cuando oyó los lamentos paró su carruaje, fue a la casa y preguntó a la madre que por qué estaba castigando a su hija que lloraba tan fuerte que desde lejos se oían sus gritos.

Entonces la madre, sintiendo vergüenza de lo inútil que era su hija le dijo:

-"Es que no puedo hacer que pare de hilar. Ella insiste en hilar e hilar, y como somos pobres, no puedo darle todo el material que me pide."-

Entonces contestó la reina:

-"Para mí no hay sonido tan gratificante como cuando están hilando, y nunca me siento tan feliz como cuando están las ruedas girando. Permítame llevar a su hija a mi palacio, allí yo tengo suficiente lino y podrá hilar todo lo que ella quiera."

La madre se alegró muchísimo con la propuesta, y la reina se llevó a la joven. Cuando llegaron al palacio, la reina llevó a la muchacha a tres recámaras que estaban repletas del más fino lino, de pared a pared.

-"Ahora hílame este lino"- dijo la reina, -"y cuando hayas terminado, te ofrezco a mi hijo mayor como esposo, no importa que seas de familia pobre. Eso no me molesta, tu infatigable industriosidad es de un valor suficiente."-

La muchacha, secretamente, se sentía aterrorizada, porque veía que no podría hilar el lino, ni aunque viviera trescientos años sentada todo el día de la mañana a la noche. Entonces, cuando ya estuvo sola, comenzó a llorar, y por tres días se sentaba sin mover siquiera un dedo. Al tercer día volvió la reina, y cuando vio que nada se había hilado aún, se sorprendió. Pero la joven se excusó diciendo que no se había sentido en condiciones de comenzar debido a su tristeza de haber dejado la casa materna. La reina quedó satisfecha con eso, pero le dijo al salir:

-"Mañana ya debes empezar a trabajar."-

Cuando la joven quedó sola de nuevo, no sabía que hacer, y en su congoja se acercó a la ventana. Vio que tres mujeres venían hacia ella, la primera tenía un anchísimo pie aplanado; la segunda tenía el labio inferior tan agigantado que le colgaba sobre la barbilla; y la tercera tenía un dedo pulgar enorme. Ellas se pararon bajo la ventana, miraron hacia arriba, y le preguntaron que era lo que la estaba inoportunando. La muchacha les explicó su problema, y entonces ellas le ofrecieron ayudarla y le dijeron:

-"Si nos invitas a tu boda, y no te avergüenzas de nosotras, y nos llamas "tías", y además nos sientas a la mesa principal, nosotras hilaremos el lino por ti, y en un tiempo bien corto."-

-"Con todo mi corazón"- replicó ella, -"pero entren y comiencen el trabajo de una vez."-

Y dejó entrar a las tres desconocidas mujeres, y les aclaró un espacio en la primera habitación, donde ellas se sentaron y comenzaron a hilar. La primera jalaba el hilo y pedaleaba la rueda, la segunda humedecía el hilo, y la tercera lo trenzaba, y golpeaba la mesa con su pulgar, y en el tanto que la golpeaba, una madeja de hilo caía al suelo, quedando la hilada del modo más fino posible.


La muchacha encubrió a las tres hilanderas de la vista de la reina, y cuando ella llegaba, le mostraba la gran cantidad de lino hilado, y a la reina no le quedaban palabras con que elogiarla.

Cuando ya se vació la primera habitación, pasaron a la segunda y por último a la tercera, la que fue aclarada rápidamente. Entonces las tres mujeres se marcharon, no sin antes decir:

-"No olvides lo que nos prometiste. Eso te llenará de fortuna."-

Cuando la joven le mostró a la reina las habitaciones vacías, y la gran cantidad de hilado, la reina dio las órdenes para la boda, y el novio se regocijó de que tendría una inteligente e industriosa esposa, y la elogió grandemente.



-"Yo tengo tres tías"- dijo ella, -"y han sido muy buenas conmigo, y no me gustaría olvidarlas en mi buena fortuna. Permíteme invitarlas a la boda, y que compartan con nosotros a la mesa principal."-

La reina y el novio dijeron:

-"¿Cómo no las invitaríamos?"-

Así, cuando la fiesta empezó, las tres mujeres entraron vestidas extrañamente, y la novia dijo:

-"Bienvenidas, queridas tías."-

-"¡Huy!"- dijo el novio, -"¡Qué tías más raras tienes!"-

Se levantó él entonces y fue donde la que tenía el pie ancho y aplanado y le preguntó:

-"¿Cómo llegó a deformarse así su pie?"-

-"Pedaleando"- contestó, -"pedaleando."-

Entonces el novio fue donde la siguiente y le preguntó:

-"¿Cómo se le formó ese labio tan caído?"-

-"Humedeciendo."- respondió.

Por último preguntó a la tercera:

-"¿Cómo se le hizo tan gordo ese pulgar?"-

-"Trenzando el hilo"- le contestó, -"trenzando el hilo."-

Con todo eso, el hijo del rey se alarmó tanto que dijo:

-"Ni ahora ni nunca, volverá mi querida novia a tocar una hiladora."-

Y así ella se libró para siempre del odiado trabajo de hilar.

Enseñanza: 
Cumplir lo prometido, trae un tesoro escondido.
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